Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de junio de 2012

El mejor oficio del mundo


Discurso ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa
por Gabriel García Márquez

A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.
Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.
El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo
... como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.

Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.

La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.

Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.

No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología.

Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.

Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.

Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.

Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.

Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.

Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica -reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras- bajo la dirección de un veterano del oficio.

En respuesta a una convocatoria pública de la Fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.

La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado -que escasas veces puede ser de más de una semana-, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.

Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la Fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señal
ó muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnifico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.

Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.

Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.

Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida.

Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. 

Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. 

Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. 

Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.

lunes, 4 de junio de 2012

Veinticuatro por veinticuatro


Por Juan Sasturain

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, o acaso hacerlo por la tarde.
Puedo imitar, por ejemplo, las largas tiradas asonantes de Francisco Luis Bernárdez.
Puedo hacer, como María Elena Walsh, la pálida elegía de un otoño imperdonable.
Uno puede decir todo: incluso suponer que en ciertos casos, sería mejor callarse.
Uno mira el almanaque y se encuentra, en colorado, un fin de semana largo.
Uno siente que es regalo de un recuerdo deleznable: el veinticuatro de marzo.
Uno comprende que hoy, las heridas de la Historia cicatrizan descansando.
Ahora, pasados los años –como el Primero de Mayo–, la Dictadura es feriado.
Ahora que parece cierto que el nunca más nos entró, finalmente, en la cabeza.
Ahora que sobran los datos –nombres, juicios, apellidos– para contar la vergüenza.
Ahora que todos sabemos qué pasó, qué nos hicimos, en esos años de mierda.
Acaso llegó la hora de revisar entretelas, de hacer nuestras propias cuentas.
Acaso sirva pensar que al llegar la Dictadura, la mayoría la apoyaba.
Acaso haya que mirar –los más grandes, sobre todo– cada uno dónde estaba.
Acaso no haya bastado la condena a los milicos, hacerlo cosa juzgada.
Porque –viéndonos ahora– aunque revisamos mucho, no aprendimos casi nada.
Porque se sigue pensando el país como una empresa: la lógica del dinero.
Porque se sigue mirando –desde el volante de un auto– cómo molestan los negros.
Porque se sigue creyendo que el otro, el pobre o distinto, seguro que algo habrá hecho.
Dejo, para otra ocasión, el vómito por la amnesia y el cinismo de los medios.
Dejo constancia de todo lo que me hierve la sangre, me hace ser mal agorero.
Dejo dicho, sin embargo, que siempre vale la pena recordar aquel tormento.
Dejo tirada en el piso la amargura y me preparo para el próximo entrevero.
Y dejo escrito el poema: como los muertos, no tiene fecha de vencimiento.


miércoles, 2 de mayo de 2012

La lucha, entre globos y colores


Resulta difícil imaginarse, cuando empieza el show, qué cosas hay detrás de la sonrisa de un payaso. Hugo Villalba, más conocido como “el payaso Trompeta”, realiza tareas solidarias con espectáculos infantiles con el único fin de juntar el dinero para viajar a China y realizar el tratamiento que necesita Brian, su hijo de 8 años, quien sufre parálisis cerebral producto de mala praxis durante el parto.

“Dios me da fuerzas para luchar (…). Es curioso, a veces Dios le habla al payaso que soy y también en ese rol me da fuerzas. Todo lo que hago, lo hago por Brian”, confesó este padre que lucha por  la vida de su hijo entre medio de pelucas coloridas y narices rojas.

Los padres del niño, Hugo, de 40 años y Verónica Caballero, de 38, llevan adelante una campaña “a todo pulmón” para reunir cien mil dólares que les permitan mejorar las condiciones de vida de su hijo con un tratamiento en base al implante medular de células madres en una clínica de Beijing, China.

Dicha institución se ubica a más de 18.000 kilómetros de la clínica de Merlo (1), donde se llevó a cabo el parto y donde, además, hoy no queda registro alguno del error médico causante de los daños. Brian no figura en los papeles. Ni él ni la madre estuvieron, según los documentos, en el hospital en cuestión.

“Lo intentaron sacar con cucharas (fórceps) y volvieron a ingresarlo por el canal de parto. Al momento de venir al mundo, mi hijo nació con ´sufrimiento fetal’ y permaneció internado 11 días”
, explicó Verónica y agregó que al intentar demandar a la clínica de Merlo  “el litigio quedó en la nada”
. Se archiva una historia más al rejunte de casos de corrupción del partido de zona oeste de Buenos Aires.

Si bien los padres se reservaron dar a conocer el nombre del sanatorio responsable por miedo a sufrir embates legales, no bajaron los brazos y difundieron beneficios que el tratamiento puede generar en Brian. “Podrá manejar la sintonía fina en sus movimientos y perderá la rigidez postural que lo obliga a estar en una silla especial que lo contenga”, explicaron.

A pesar de los obstáculos que se presentaron, como la estafa del estudio de abogados que contrataron para llevar el caso, que no presentó papeles ante la justicia durante dos años, Hugo y Verónica se armaron de valor y fuerza. Para juntar fondos, además de los espectáculos callejeros, abrieron una cuenta solidaria en el Banco Provincia e incentivan  la recolección de tapas de plástico de gaseosa, actividad en la que varios de sus vecinos colaboran a diario. 
Beijing, tan lejana como se ve, no es un imposible. La clínica ya tiene todo preparado y solo espera la llegada de Brian y de su mamá. El dinero alcanzará para cubrir el tratamiento y los dos viajes que se necesitan hacer a China, pero además servirá para llenar de esperanza y vida a una familia que tiene un empuje y una actitud, por sobre todas las cosas, admirable.


¿Cómo ayudar?

En Facebook: Ayudemos a Brian
Por mail: payasotrompeta@hotmail.com
Depósitos en Banco Provincia. Sucursal 05098. Cuenta 5176280 (Villalba Brian Elías)
Transferencias: CBU 0140030/40350985176280/6


Comentarios de Autora


-El trabajo fue corregido por el profesor de Gráfica. Le agregué dos párrafos el medio porque quería hacer especial hincapié.
-El único artículo que encontré en diarios digitales que nombra algo de la clínica responsable fue http://www.lavozdejujuy.com.ar . En Jujuy te dicen la posta.

-El tema central, se sabe, no es la corrupción. Es Brian y su tratamiento; es el papá y la fuerza que tiene. Es muy claro. Pero no puede ser que la clínica se lave las manos. No puede ser que el médico que practicó la mala praxis salga impune de todo esto. Que camine tranquilo por la vida, ileso, respaldado por una justicia que NO EXISTE en Merlo. Media pila a los periodistas, hay que informar estas cosas.

Difundan.
Que se enteren todos.


Victoria Belén Bertonasco





(1)Localidad de la Provincia de Buenos Aires.

domingo, 4 de diciembre de 2011

El máximo premio del arte en manos de la maestra de la arcilla

Entrevista a la ceramista Silvia Carbone
por Belén Bertonasco

Luego de haber sido galandronada con el Gran Premio Adquisición 2011, el mayor premio del arte a nivel nacional, la artista habla acerca de sus pasiones y de su obra hecha con un elemento poco conocido del arte: la cerámica.

El taller es una obra de arte por si mismo. La puerta de entrada da la bienvenida con un muñeco muy alto de cerámica que, subido a una bicicleta de hierro, parece cobrar vida y contagiar la risa que le nace de los labios. Los estantes de las paredes están repletos de esculturas de todos los tamaños y formas. Colgados del techo, lunas y títeres de arcilla que hilados por una comparsa invisible, parecen encantar a aquellos que descubran su ser. No faltan al espectáculo los jarrones con diseños rupestres, ni la delicadeza de las tacitas de café.  El espacio es una composición que completa su armonía con Silvia Carbone, la autora de ese mundo de arcilla, que entre colores y texturas puede sumergir a cualquiera en un universo paralelo.

“¿Preparo mate?” pregunta con la pava de acero en la mano. Pone a hervir el agua, ofrece una torta de naranja casera y se sienta, con sus pantalones sueltos y sus manos grises por el polvo de la arcilla, a contar quién es, qué hace y cómo vive la ganadora del Gran Premio Adquisición.

Silvia Carbone es una artista con trayectoria. Estudió en La Escuela Nacional de Cerámica e hizo más de diez cursos en distintas provincias del país y en el exterior. “Es tan amplio el campo de la cerámica que pienso que uno nunca termina de aprender todo lo que hay para aprender…yo sigo aprendiendo”, confiesa con un tono humilde que esconde sus 20 premios ganados, y con la misma sonrisa entera desde que empezó la entrevista.

“Cuando toco por primera vez la cerámica, a los 16 años, ahí no la pude dejar nunca más”, dice y algo nuevo se enciende en su rostro, como si los recuerdos le dieran un aire infantil a las mejillas, a las manos y a los ojos que se dejan ver atrás de un par de anteojos transparentes. Y pensar que esos mismos ojos, y esas mismas manos, fueron los impulsores de la obra que ganó este septiembre el premio que llamó la atención en el hall del Palais de Glace, un centro de exposiciones ubicado en el barrio de Recoleta de la ciudad de Buenos Aires.

Colores III se llama su obra y es una cartuchera gigante. Si. Una cartuchera gigante con fibras y lápices de un metro veinte y de colores bien vivos, con su goma y sacapuntas, como las que recuerda haber llevado a la primaria, solo que alrededor de 20 veces más grande. “Mucha gente se pregunta si está hecha en cerámica porque llama la atención el tamaño, el color – destaca Silvia - En el Palais de Glace me dijeron que cuando hacen las visitas guiadas, la mayoría piensa que es de madera o de plástico, porque les cuesta llegar a pensar que está hecho en cerámica”

Viendo las obras que rodean a Silvia, no es difícil suponer cómo se le ocurrió hacer tan original trabajo. “¡Jugando! Siempre los trabajos vienen a raíz de cosas que tienen que ver con historias bien mías  o con sensaciones que tuve cuando era chica o gustos personales y siempre me gustó dibujar y los lápices surgieron jugando, haciendo formas…”, ratifica la autora. Y si bien cuenta que fue ese eventual juego en el que también realizó Colores I, un cajón con lápices de distintos tamaños y colores, y Colores II, lápices celestes y blancos conmemorando el bicentenario, asegura que haber ganado el Gran Premio Adquisición no fue obra del azar. “Al Salón Nacional, hace 17 años consecutivos que vengo presentando-  manifiesta Silvia - porque nunca podés tener un premio menor al que ya tuviste y yo tuve de entrada el Primer Premio en el año 95, entonces tenía que seguir participando: “Siga participando joven” y el único premio que me quedaba y que podía llegar a ganar era el Gran Premio Adquisición”

Todos los años se lleva a cabo un concurso en el Palais de Glace donde artistas de todo el país presentan sus obras ante un jurado estricto que dictamina, en primera instancia, quienes logran entrar en la competencia y luego quiénes son los privilegiados de obtener los premios y menciones. El Gran Premio Adquisición es el premio máximo. La obra ganadora pasa a ser patrimonio nacional y el artista ganador recibe una pensión vitalicia que es “la jubilación de artista” como la llama Silvia, que habla del premio con una voz distinta, emocionada, que parece salirle directo del corazón: “Es el sueño del pibe tener este premio, es el mayor premio que puede aspirar cualquier artista del país, porque no hay un premio mayor… Podían pasar muchos años más y a lo mejor no sé cuando iba a llegar, uno siempre que presenta la esperanza siempre la tiene… Yo vivo de sueños, siempre digo que soñar no cuesta nada…

Y Silvia no miente cuando dice que vive de sueños. Sin ostentar el importante premio, asegura que si bien al haberlo ganado ‘se cierra una etapa’ en su trayectoria, sigue con su más íntimo proyecto… el de fusionar sus tres pasiones: la cerámica, la asistencia social y los viajes. Tres pilares que lleva de estandarte – se le notan – y que le trae una satisfacción que afirma, es “incomparable”.

Los juegos de té los hicieron los alumnos de los jueves. Los jarrones de la derecha y las máscaras que cuelgan en la pared, los de los martes y miércoles. Entre esa murga de colores hay distintos pedacitos de vida de quienes van al taller de Silvia a distenderse, a crear y a proyectar. Confiesa que le encanta la docencia y que la hace feliz  poder transmitir lo que a ella le produce bienestar. “Desde que empecé a ejercer hasta el día de hoy, lo hago con la misma pasión” dice con una firmeza inquebrantable. Sin embargo, se refiere también a un entusiasmo que se escapa de las paredes de su taller. Actualmente trabaja en el colegio de arte Elvira Sullivan, ubicado en la localidad de Merlo, y trabajó en Instituto de menores Riglos, de Moreno que fue, aclara, el trabajo que más le gustó de toda su carrera.

“En ese trabajo pude unificar nuevamente las dos pasiones, la social y la Cerámica. Ese era un Instituto donde no había nada de arte y se me ocurrió presentar un proyecto para armar un taller como yo tengo acá, pero ahí adentro, entonces ¡fue fantástico! Los pibes del internado que vivían dentro de esa chatura tenían en ese lugar un oasis, un lugar en el mundo ahí adentro” cuenta con la misma voz peculiar como con la que hablaba del Gran Premio Adquisición, una mezcla de felicidad y orgullo. Y si bien por un embrollo político el instituto fue cerrado, ella sigue concretando sus pasiones en otros ámbitos.

Proyecto Barro de la Patria Grande. Así se llama el propósito que hoy ocupa los sueños de Silvia Carbone. La ceramista impulsora del mismo, detalla que el proyecto consiste en trabajar con pueblos que están perdiendo sus raíces artesanales y que ella junto a sus más avanzados alumnos, viajan para nuevamente “plantar la semillita” de la cerámica. “Acá encontré como verdaderamente poner la cerámica y lo social, y unificar incluso el tema de los viajes, que es algo que me encanta, por esto de conocer otras culturas, es como el cierre perfecto.”, cuenta la artista y mientras lo hace, enfatiza sus palabras con el movimiento de sus manos, las sublimes protagonistas del trabajo grupal.

Agrega, mientras pone dos de azúcar al mate: Sentía que tenía que empezar una etapa nueva, ésta de salir a trabajar afuera, salir de mi taller tan cómodo como estoy que está todo bárbaro, que me va bien y todo lo que quiera, pero salir a dar a la gente de afuera, sin recibir nada a cambio… ¡Bah! lo que recibo a cambio es todo lo que me traigo: el aprendizaje de vida. Es un ida y vuelta, me causa felicidad ver al otro feliz, entonces sentía que se cerraba una etapa y que tenía que empezar a devolverle a la vida todo esto que yo había recibido”

La ‘maestra de la arcilla’ rompe con el prototipo del arte que se encasilla para la mayoría de la gente en pintores, dibujantes y escultores.  “La cerámica justamente siempre fue tenida dentro de la modernidad como un arte menor y yo pienso que es todo lo contrario. ¿Un arte menor? ¿la cerámica? cuando estamos trabajando con todas las disciplinas juntas: la pintura, el dibujo, la escultura… todo junto.”, describe Silvia que sentada en su taller se la ve invencible.

Se distiende y vuelve a poner la pava en el fuego. Ahora la luz del crepúsculo que entra por los ventanales de vitral le da otra tonalidad al lugar, como si se tratase de otra historia, de otro mundo. Los soles de arcilla ahora se van apagando, las lunas se encienden de un blanco muy suave. La mujer que esta tarde se dejó ver hasta los huesos, habla del arte y de la trascendencia que tiene en la vida de las personas. Piensa que no se le da la importancia que se merece porque se cree que no es algo que forme parte de la vida cotidiana. Asevera con fervor, que el estar en contacto con el arte permite desarrollar la creatividad. La creatividad que, afirma, servirá para “todos los ámbitos de la vida”.

Se toma el último mate, hace una pausa de no más de treinta segundos y dice la frase que engloba el día, el taller, su premio y sus sueños: "Hay que seguir siendo fiel a lo que uno piensa y siente, que es lo que a uno lo hace feliz, seguir haciendo lo que uno realmente siente y darle para adelante…"












________________________________________________________________________________



Comentario de autora:
Es una grande, una genia. Me queda agradecerle otra vez por haberme recibido tan bien y por haberse prestado a hacer la entrevista. Me encantó hacerla, volví fascinada de ver ese taller y de escuchar esa vida tan humana. 
Para ampliar o ver fotos, su página web es http://www.silviacarbone.net/

jueves, 15 de septiembre de 2011

La Noche de los Lápices



 
"Yo respondo por mi juramento,
que está basado en los últimos minutos
de convivencia.
Ellos me gritaban que no los olvide
y que los recuerde siempre."

Pablo Díaz, sobreviviente de 
La Noche de los Lápices(*)



Pablo Díaz se refirió a sus 6 compañeros que en 1975 apoyaron y participaron activamente de la campaña por el Boleto Escolar Secundario (BES) en la ciudad de la Plata y que el 16 de septiembre de 1976, por seguir sus ideales, fueron brutalmente secuestrados y torturados en el centro clandestino de Arana, en donde el terror y la muerte eran moneda corriente.

La irrupción violenta en la vida de estos jóvenes fue llevada a cabo por autoridades del ejército dirigidas por el general Ramón Camps, que estuvo a cargo de la Policía de la provincia de Buenos Aires
durante el golpe y que calificó a la tragedia de septiembre como lucha contra "el accionar subversivo en las escuelas".
 
María Claudia Falcone, Francisco Lopez Muntaner, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Claudio De Acha, Horacio Úngaro son los adolescentes de entre 16 y 18 años que militaban en la Unión Estudiantil Secundaria (UES) y que, al igual que Pablo Díaz, Gustavo Clotti, Emilce Moler y Patricia Miranda, de igual edad, fueron detenidos sin juicio previo durante noches de septiembre pero que no tuvieron la fortuna de 'vivir para contar' lo que se conoce como La Noche de los Lápices.

“Durante noches”, leyeron bien. Plural. Fue el 8 de septiembre cuando secuestraron a Gustavo; el 16 de septiembre cuando secuestraron a Claudia, "Panchito", Daniel, María Clara, Claudio y Horacio; el 17 cuando secuestraron a Emilce y Patricia Miranda, una estudiante que no tenía que ver con la  militancia, y por último, la noche del 21 de septiembre, cuando secuestraron a Pablo Díaz, que en ese entonces era un joven de 18 años.

Si bien los secuestros transcurrieron en fechas distintas, los adolescentes fueron considerados subversivos por la misma causa, fueron torturados de la misma manera y fueron presos de una misma noche opaca y fúnebre que ellos mismos avecinaban como perpetua.


María Claudia, de 16 años, era abanderada y estudiante de Bellas Artes y junto con María Clara, de 18, iban a ingresar a la Universidad del mencionado rubro; Patricia, de 17 años también asistía a la Escuela de Bellas Artes. Francisco, de 16, militaba en la UES de Bellas Artes al igual que Emilce, de 17 años. ¿Casualidad?
 
Los artistas tenían afición a la militancia. Emilce Moler, una de las sobrevivientes del atentado contra la humanidad, detalló: “Estaban los que no se enganchaban, pero a la edad que yo tenía, y en Bellas Artes donde todo era libertad, participación y solidaridad, era imposible no militar. La revolución parecía estar ahí nomás. Latinoamérica estallaba por todos lados. Teníamos los modelos socialistas de Chile y Cuba. Yo podía no saber en qué partido, pero que iba a participar no tenía ninguna duda.”

Pablo Díaz, que integraba la Juventud Guevarista del Partido Revolucionario de los Trabajadores, fue otro de los sobrevivientes. Luego de haber vivido el infierno en el centro de detención clandestino de Arana, fue trasladado hasta otro centro conocido como “El Pozo de Banfield”, en donde se reencontró, para su sorpresa, con los seis estudiantes y amigos secuestrados el 16 de septiembre, sin saber que los días que compartieron el cautiverio fueron las últimas ráfagas de vida que Pablo alcanzó a sentirles.

"Soy el único que salió con vida del Pozo de Banfield- declaró - el único que estaba con ellos cuando me dijeron que tenía un salvoconducto que me salvaba de la ejecución y que me trasladaban bajo la amenaza de no contar nunca lo que había vivido, de lo que había sido testigo. Sólo ellos me gritaban que no los olvide y que los recuerde siempre”


Lejos de pactar con el silencio, Pablo
- liberado recién en 1980 luego de estar durante casi 5 años bajo la disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional)-  habló.
 
La desgarradora versión que el protagonista de tan vil secuestro, tuvo la posibilidad de transparentar gracias de su liberación, fue plasmada por María Seoane en el libro “La Noche de los Lápices” y luego llevada a la pantalla grande el 4 de septiembre de 1986 por el director Héctor Olivera. (**)

Gracias a testimonios como el de Pablo Díaz y Emilce Moler, mucho más se sabe sobre lo que los militares enorgullecidos llamaron Proceso de Reorganización Nacional que se gestó entre 1976 y 1983  y que fue el golpe de estado más sangriento de la historia argentina, caracterizado por innumerables crímenes de lesa humanidad que dejó un saldo de 30.000 desaparecidos y millones de espectadores paralizados y tantos otros acribillados del dolor que significó la pérdida de familiares y amigos.

Como procedentes de la generación que padeció un homicidio al sentido de la vida misma, como principales actores del presente, como personajes directos de la historia, creo que es indispensable y absolutamente necesario apropiarnos de los gritos agudos y penetrantes que escucharon los oídos de Pablo.

“¡No nos olvides!”, vociferaron con la última fuerza que les quedaba en los cuerpos flacos, en las manos secas y los pies descalzos. 
“¡No nos olvides!”, lloraron y uno casi puede sentir hoy, 35 años después, el dolor de esas palabras. De esas largas y escalofriantes palabras que 6 chicos de entre 14 y 18 años pronunciaron al unísono, cargando 236 adolescentes más a la par de ellos.

Este viernes se cumple otro aniversario de La Noche de los Lápices. Confío en que un minuto, o media tarde, o todo el día, o toda la vida, vamos a ser fieles a hacer justicia por esos años de silencio reprimido y a cumplir el último pero inmortal deseo que pidieron los detenidos desaparecidos. Confío en que vamos a preocuparnos y a ocuparnos de que no más (ya nunca jamás) vuelvan a suceder acontecimientos como la masacre iniciada en la madrugada del 16 de septiembre de 1976.

Victoria Belén

(*) junto con Gustavo Clotti, Emilce Moler y Patricia Miranda fueron los cuatro sobrevivientes de la noche que sigue haciendo historia.
(**)Nominada al Premio San Jorge de Oro en el Festival Internacional de Cine de Moscú en 1987. No dejen de verla.

lunes, 22 de agosto de 2011

Alicia y Federico

Alicia: Supongamos que ellos llegan y derriban las puertas…
Federico: Supongamos que tenemos un minuto para huir.
Alicia: Supongamos que la puerta está trabada y ganamos un minuto para huir.
Federico: Supongamos que estamos dormidos.
Alicia: Supongamos que despertamos súbitamente y que tú logras huir y ganas la calle, y yo miro tu imagen, cómo se aleja, y es lo último que veo en este mundo…
Federico: Supongamos que eres tú la que logras huir y ganas la calle y yo miro tu imagen, cómo se aleja y es lo último que veo en este mundo…
Alicia: Supongamos que los dos logramos huir…
Federico: Supongamos que logramos huir los dos y ellos quedan solos en esta habitación, junto a nuestros libros y nuestras buenas intensiones…
Alicia: Supongamos que ellos llenos de rabia queman nuestros libros y nuestras buenas intensiones.
Federico: Supongamos que ninguno de los dos escapa.
Alicia: Supongamos que caemos abrazados porque nos amábamos tanto.
Federico: Supongamos que abrazados nos derriban.
Alicia: Supongamos que nos hacen desaparecer.
Federico: Supongamos que completamente desaparecemos.
Alicia: Supongamos que estábamos equivocados, porque creíamos que éramos los únicos que no podíamos morir.
Federico: Supongamos que todo fue una gran equivocación, porque ciertamente podíamos morir como morimos.
Alicia: Supongamos que comenzamos todo de nuevo.
Federico: Supongamos que nos volvemos a equivocar.
Alicia: Supongamos que no tenemos tiempo porque nos vuelven a matar.
Federico: Supongamos que otros equivocados recogen nuestras equivocaciones y por equivocación, hacen un mundo mejor.
Alicia: Supongamos… que no es así y que nos ahogamos en nuestras equivocaciones.
Federico: Supongamos…que desde la orilla nos miran con rabia y sin indulgencia.
Alicia: Supongamos que nos olvidan.
Federico: Supongamos que no nos olvidan.
Alicia: Supongamos
Federico: Supongamos…

Escena 11 de la producción teatral Nuestra Señora de las Nubes de Arístides Vargas. Obra que interpretamos en 2009 con los chicos del secundario y que dirigió la profesora Nora Pérez.  

De esas con libretos impresionantes... 
de esas obras que no hay que dejar de ver.

martes, 16 de agosto de 2011

EL RADAR NOS VIGILA


Tu cerebro está sitiado de conceptos criminales
que revuelven tu organismo, no te dejan ser vos mismo.
Los radares te taladran astillando tu conciencia,
te encajan la careta para ser su marioneta.

(“Marionetas”- El Conejo de la Luna (*)


1200 cámaras de videovigilancia de alta definición se agregarán antes de fin de año a las 800 que ya existen en la actualidad en el distrito porteño y alrededor de 200 patrulleros serán equipados con cámaras móviles con visión panorámica de 360 grados y un reconocedor automático de patentes.

El plan impulsado por la Ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Garré, y puesto en marcha el 10 de agosto, lleva el nombre “Buenos Aires Ciudad Segura” y su principal fin dice ser “repercutir en la prevención del delito y en el control del accionar de las fuerzas policiales en suelo porteño.”

Las imágenes obtenidas serán procesadas en el Centro de Comando y Control, situado en la Estación Central de la Policía Federal Argentina. Dicho Centro podrá recibir en directo imágenes desde los patrulleros y obtener en tiempo real todos los datos obtenidos por la computadora que tendrá cada uno de los móviles policiales.

El Secretario de Planeamiento del Ministerio, Gustavo Sibilla, informó a la agencia Telam que el plan Buenos Aires Ciudad Segura dará inicio a una “nueva etapa” de las políticas de seguridad y llevará “mayor tranquilidad a los porteños".

Sibilla además afirmó: “(El plan) Cambiará las labores policiales que antes se hacían con la intervención humana y que ahora se automatizan. Al sustancial aumento de personal policial en las calles (por el Operativo Cinturón Sur), este programa agrega la eficiencia de la tecnología más avanzada de América latina.”

Gracias a (o por culpa de) dicha tecnología, se podrán reconocer con facilidad rostros capturados por las máquinas modernas. Según el Ministerio de Seguridad, esto se focalizará en alertar sobre movimientos de personas con órdenes de arresto.

El lúgubre sistema de vigilancia dispondrá 75 cámaras -de las 1200- en las estaciones ferroviarias de la región metropolitana al mismo tiempo que se establecerá un control similar en la terminal de ómnibus de Retiro.

No nos podemos olvidar del 911. Habrá una modernización de dicha línea telefónica para asegurar la atención del usuario dentro de los 15 segundos en el call center.

¡Estamos salvados!  
¿O estamos más condenados que nunca?

En primer lugar, si la ciudad quiere ‘prevenir el delito’ tiene que pensar en un cambio de raíz. Las cámaras solo funcionan de parches para dejar contenta a la gente. Personas que ignoran por completo que son ellos los peones del ajedrez que manejan unos pocos.

Para terminar con la delincuencia, el Ministro de Seguridad podría empezar a preguntarse por qué hay quienes salen a robar y con qué necesidad lo hacen.
Yo me pregunto por qué en vez de poner camaritas traídas desde Israel, no hacen algo un poco más humano para revertir la situación.

Se necesita una cultura que fomente los valores. Debería de haber un trabajo en conjunto con el Ministerio de Educación y el Ministerio de Desarrollo Social. Invertir ahí y no en cámaras de vigilancia (mal llamadas de ‘seguridad’).

La educación de los colegios tiene que revolucionarse. Hoy en día muchas escuelas dejan mucho que desear. Les enseñan a los chicos a sumar, a restar, a saberse un par de derechos de la constitución y ahí termina el trabajo de la institución que parece tener la respuesta a todos nuestros males.

Si en la escuela te preparan para salir con una mente meramente competitiva, no esperemos que en la calle se demuestre lo contrario. En las casas pasa lo mismo. No es ilógico que el que está al lado nuestro quiera tener más que nosotros, porque desde que son nenes que le metieron una especie de “chip” o de discurso fatalista que para ser alguien en este mundo, tenés que ser mejor que el otro. Económicamente, claro. Todo pasa por la bendita plata.

Hay que dejar de enseñar que es mejor quien se saca diez de quien es solidario; hay que estar atentos y no hacer vista gorda a los que discriminan y los que son discriminados (así disminuirá la marginación) (habría que rever el tema de las publicidades también, pero ese es otro tema); hay que trabajar los valores humanos en profundidad para formar buenas personas, que piensen en el otro y no solamente en sí mismos.

En segundo lugar, tiene que haber una conciencia colectiva. Por favor, no seamos ilusos de creer que las 1200 cámaras se van a usar solamente para grabar a los que violen la ley. Las videocámaras “HD” nos graban a todos por igual.

Lectores, ¿saben los nombres de quienes vigilan esas cámaras? ¿Saben qué profesión cumplen? ¿Saben qué intenciones tienen verdaderamente? ¿y si venden las grabaciones por dinero a cualquiera que tenga el capital para pagarlo? ¿y si se las venden a canales de televisión?

¿Y si les digo que ya está vigente la idea de vender algunas a canales de televisión?

El pasado 3 de Junio se publicó la resolución 314 del Boletín Oficial Nº 3677 firmada por Guillermo Montenegro, titular del área de Seguridad y Justicia de la ciudad, en la cual se establece un convenio con los canales de televisión para suministrar imágenes en vivo provenientes del centro de monitoreo.

Acto que sería totalmente ilegal, puesto que la Ley 2602 (aprobada por la Legislatura en diciembre de 2007 y promulgada por Macri en enero del 2008) establece los límites del uso de las videocámaras, y se prohíbe explícitamente la cesión y la copia de las imágenes obtenidas por las ellas.

El 20 de Junio, el diario Página 12 publicó una nota del ex diputado porteño, Pablo Failde y otra del profesor de derecho a la información de la UBA y de la UNLP, Damián Loreti. Ambos se explayan sobre el tema. Recomiendo sus lecturas. (**)

Otras preguntas me da vueltas: ¿Va a mejorar la vida de los nenes y adultos que duermen en las calles? ¿Qué van a hacer los imperiales “custodios de vidas” con ellos?
Porque ahora no van a tener excusas, ya no van a poder decir que no los ven…Porque van a estar ahí, como un pinche filoso y molesto que apriete sobre la conciencia de quienes los están viendo y no hacen nada para ayudarlo.

Abramos los ojos.

La instalación de cámaras es la salida que elige el ciudadano de Capital Capitalista. La solución fácil y rápida, que lo involucre lo menos posible. Lejos está de sus incontables planes ponerse a buscar qué puede hacer o cómo puede ayudar a los que peor la pasan.

Esta solución superflua no merece ser elogiada. Si la celebremos, vamos a terminar como la sociedad que describió George Orwell en su libro 1984, una sociedad reprimida vigilada por las cámaras del Gran Hermano. Íntegramente privada de libertad. La misma que, sin darnos demasiada cuenta, nos están quitando a pasos agigantados.

Avivémonos de que somos protagonistas de un tele show que no vemos,
muñecos camuflados de personas, atados con sogas que manejan los titiriteros invisibles.


Puedo sonar apocalíptica, pero dadas las circunstancias, no veo una sola razón para no serlo.


Victoria Belén Bertonasco



(**) El Gran Hermano vigila por televisión: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-170444-2011-06-20.html